Pasearte por Hogwarts es una puta pasada: el castillo está recreado al milímetro, cada pasillo esconde algo y volar en escoba sobre Hogsmeade te pone la piel de gallina. Es el juego que cualquiera que creció con Harry Potter soñó de crío. El problema es todo lo demás. En cuanto sales del colegio te comes un mundo abierto genérico de los de 2015, con campamentos clonados, los mismos puzzles cien veces y enemigos que se repiten hasta aburrir, y una historia tan plana que no te acuerdas del malo al acabar. Si eres fan, lo vas a gozar igual; si no, es relleno con una fachada preciosa.
Análisis del Cuervo
Veredicto del CuervoHogwarts de 10, el resto relleno